Reflexiones (II) - Entre San Martín y Ecuador…

¿Dónde estábamos? ah, sí…

Eso de esquivar los problemas es lo que siempre había hecho hasta hace un tiempo. El daño que me había hecho la gente hasta entonces me había “obligado” (entre unas cuantas comillas) a responder a las dificultades huyendo de ellas, esquivándolas y mirando hacia otro lado. Soy muy consciente de haber desaparecido de la escena cuando me he sentido en peligro de alguna forma, como cuando decidí romper con el grupo en el que estábamos, con Laura, Noel, Toni, Montse, Siro, Xenia y yo, principalmente. Recuerdo que no estaba a gusto, que había algo en aquel grupo que, para mi, fallaba o no acababa de funcionar correctamente. Y un día, en uno de esos momentos de determinación irreflexiva (por lo menos conscientemente hablando, quien sabe lo que me estaba pasando por dentro), me decidí: “no me habéis hecho nada, lo sé, y lo siento, y puedo estar muy a gusto con cada uno de vosotros individualmente, pero en este grupo no me siento bien y esta es la última vez que salgo con vosotros”… Bueno, quizá un tanto drástico (aunque se ha cumplido lo último), pero sí que representa bastante lo que quiero decir de rehuir los problemas y dificultades. En esa situación me sentí en peligro, y la forma de solventarlo fue huir.

Así he ido haciendo, sin que me sintiera cómodo con ello, a lo largo de los últimos años, incluso en la universidad, cuando he estado abriéndome lentamente como soy al mundo. Esquivando problemas, siempre con la alarma puesta, mirando al mundo por la rendija del caparazón de tortuga (que por cierto, lo que pesa, siguiendo la metáfora) y sin encontrarme con un problema real que me haya obligado a encararlo de frente y a asumir mi propia realidad, mis carencias, mis fortalezas y mi capacidad de resolver problemas de forma creativa.

Aquí, como ya dije, me encerré de nuevo en el caparazón, porque me encontré con algo que no había previsto y no era capaz de digerir. Una parte de mi ser me decía que huyera, una vez más, que me olvidara de ese “problema”, que no tenía justificación alguna, y que me dedicara a lo que realmente interesaba, mis prácticas (bueno, quizá esto era lo que pensaba, no recuerdo con demasiada claridad lo que era y lo que es entre toda la bruma de pensamientos). Si el problema no era cosa mía no tenía porque obligarme a darme de bruces contra una pared, simplemente tenía que seguir con mi camino y listos. Otra parte de mí me venía anunciando que lo mejor era resistir, que yo no tenía porqué huir o escapar de aquello. No había hecho nada significativo (suponiendo que hubiera cosas poco significativas) como para merecer el trato que recibía, pero aun así creía que lo que tenía que hacer era seguir con mi determinación de mirar hacia adelante (también), y no irme de allí.

Pero mi paciencia se agotó, cuando no era una sino dos los que me hacían sentir como me sentía. No tenía porque seguir aguantando como si nada, no tenía porque seguir viviendo en un sitio donde ni siquiera se valoraba mi sola presencia. Tenía clarísimo que mi experiencia en Perú no iba a convertirse en un Gran Hermano, en una lucha por la supervivencia en la casa. Y sobretodo lo tuve clarísimo cuando todo esto empezó a afectar de forma más que notable a mi trabajo (y aún afecta, por desgracia).

Así que huí, una vez más huí, y mis sentimientos al respecto son encontrados: por un lado estoy molesto conmigo porque sigo sin comprender los motivos que llevaron a determinadas personas a actuar como actuaron para conmigo, obligándome a ser algo que no quería. Molesto porque huí, porque había aguantado 4 meses (bueno, un poco menos) de vivir en un continuo absurdo y no supe aguantar un par de meses más, claudicando ante mi mismo. Por otro lado creo que es lo mejor que podía haber hecho, porque no tenía porqué seguir aguantando aquello, sobretodo teniendo en cuenta que no estaba justificado y que no había provocación por mi parte (o así me lo ha parecido casi siempre: sólo se me pueden recriminar cosas significativas muy al principio, quizá las 2 primeras semanas, no más, después de la primera charla creo que hubieron muchos cambios que hubo quien no quiso ver; y muy al final, cuando ya me puse en algunos aspectos a su altura, cosa con la cual me he sentido muy mal conmigo mismo). Como ya he dicho, esto no es un reality, y no tenía sentido seguir aguantando… todo.

Aún así huir esta vez no me ha ido mal del todo, como ya digo, creo que ha sido una idea inteligente, que quizá tuve que valorar anteriormente. Entre otras cosas, fui a parar al Hogar de Cristo, con Lucho y los niños, una institución peculiar, que también me ha enseñado cosas sobre la vida en comunidad, sobre niños, sobre la gente del Perú y el país en general, etc. Entré a medio camino entre lo forzado y lo voluntario: evidentemente, no habría salido del depa de forma tan radical si no se hubieran dado las circunstáncias, pero también reconozco que ya tenía algún interés en conocer un poco más de cerca el proyecto que tienen en las Capullanas (aunque debo admitir que después de mi primera visita al Hogar no me interesó demasiado, y no sé si le comenté así a Marta). El traslado también afectó un poco a mis rutinas diarias. Al estar tan cerca de San Martín (apenas cruzar la Grau ya estás en la parroquia, la ludoteca, la comisaria, la Quiñónez…) podía pasar muchas más horas con los vecinos de la cuadra además de ir cada noche a jugar voley contra los de Nueva Esperanza. Al mismo tiempo, como ya no volvía con colectivo al centro, hamburguesa del Pikiss y charla con Juanjo, éste dejó de venir por la zona así que centramos más el contacto por las mañanas después de Ñari en almuerzos con él, encuentros con Víctor, etc.

No sé exactamente cuándo empezó más en serio la confianza con Juanjo, pero creo que fue a partir de aquella “primera” visita a la casa de Fiorella donde estaban todos tomando, con César triste por su pérdida sentimental, y los “primaveros” también tomando con ellos. De ahí una noche en el D’Javy, unos cuando días en San Martín, hamburguesas en la Merino… y desde entonces, supongo yo, que hemos fortalecido esta amistad, así como nos hemos conocido. Recuerdo al principio que la relación era un poco más distante, que quizá yo no estaba en una situación cómoda como para mostrarme tal cual me considero, y que quizá él me conocía más a través de las chicas y no tanto a través mio propiamente, pero me alegra saber que las cosas han cambiado y que hemos encontrado muchos puntos en común el uno con el otro y que pensamos de formas parecidas en ciertas cosas.

Significativo fue también el conocer a todas las chicas de San Martín, en especial a Irma, justo cuando salía del depa, justo esa semana en que nada-podía-ser-peor. Significativo por muchas cosas, pero sobretodo porque me dio el calor auténtico que nadie me ha sabido dar aquí, porque me sirvió de refugio durante esas semanas para cobijarme del dolor de allí afuera, porque al final, se empezó a convertir en mi mente en algo que, por suerte, parece que he sabido llevar como tenía que llevarlo. Significativo porque, lo mantengo, fue y es mi mejor amiga en toda esta aventura, y me alegro de que así sea, la verdad.

Y de ahí vino toda la visita a Ecuador, entre la “confusión” del momento, la desorientación de no saber muy bien hacia donde caminar, con la experiencia de las ludotecas, de Primavera, que, para mi, empezaba por fin a caminar.

Ya expliqué un poco las sensaciones iniciales al respecto, aunque quizá me queda por comentar las reflexiones que se dieron depués de concluir toda aquella experiencia de 7 días en el León.

Esos 7 días creo que han sido los que han marcado más significativamente un rumbo y una determinación en mi vida, los que me han convencido de que mi idea de formar una familia y crecer junto a mis hijos no es una idea alocada, de que esto no era una pérdida de tiempo ni una cosa poco ambiciosa. Convencido de que vale la pena creer en un ideal como ese, y que si mi felicidad creo que vendrá a partir de eso, de mi familia, porqué tengo que negarme a ello por la sociedad crea que es poco pretencioso.

Creo que las mejores decisiones de mi vida en los últimos años han sido estudiar magisterio y abrirme las puertas del mundo de la educación, optar por esta alternativa de prácticas en Latinoamérica, y, por último, conocer el León en persona. Las dos primeras fueron decisiones repentinas, sin una reflexión previa (como ya dije más arriba), que, aunque han sido muy acertadas, no vinieron de un pensamiento anterior, de una idea bien trabajada, fueron, simplemente, impulsos que me llevaban a lanzarme “a la aventura” (como ya he hecho algunas otras veces en cosas más pequeñas y intrascendentes).

Lo del León fue diferente: Aora y Lucía me hablaron de las escuelas libres, del respeto a los procesos de los niños (me sonaba a chino todo aquello), de un libro que me iría muy bien, del “está casi convencido, ya verás en un tiempo” de Aora. Empecé a leer el Educar para Ser apenas llegué a Piura, en cuanto acabé con El cuarto Reich, una de las peores bazofias que podía haber comprado en la librería, no sé si sería noviembre o primeros de diciembre. Al principio lo cogí sin saber, leyendo sin tener idea de lo que estaba a punto de descubrir.

Recuerdo mi sorpresa a medida que iba leyendo anécdotas. Al principo el libro parecía una novela de aventuras, con las dificultades de Rebeca y Mauricio para encontrar su camino en la vida, sorteando obstáculos, probando los más diversos oficios. Cuando empezó el jardín de infancia empezaron para mi también las pequeñas anécdotas sorprendentes. Cuando empezó el Pesta, empezaron las no tan pequeñas anécdotas impactantes, y a medida que avanzaba me sentía más animado para seguir devorando el libro y absorbiendo ideas e historias. Empecé a formar en mi pensamiento la idea “y porqué no voy a verlo con mis propios ojos”, que fue ganando fuerza a medida que iba leyendo. Me parecía increible lo que se explicaba en ese libro, y no en el sentido de “es mentira” si no en el de “es impresionante”, y quería conocerlo de primera mano. Me puse en contacto con Rebe a través de Olga, y concertamos la visita entre el 14 y el 21 de febrero. El Pesta ya no existía, pero había algo “parecido”, algo que no acabé de entender, una cosa llamada “Proyecto Integral León Dormido”, que, si bien me sonaba a chino, como las ideas del Pesta que iba poco a poco conociendo unos meses atrás, ya estaba absolutamente convencido de que valdría la pena conocer y visitar.

Y así fue, me planté en Oyambara, en la colina del León, después de un par de días de autobuses, autocares y demás historias. No me lo podía creer, por fin estaba allí. Y lo paradójico es que quería estar allí pero tampoco sabía lo que me iba a encontrar.

Encontré mi camino. Bueno, realmente, más que encontrarlo encendí la luz que alumbra los caminos cuando uno no ve bien los carteles, y me he decidido a empezar por un camino que creo que es el más satisfactorio para mi vida. Definitivamente, ir al León y conocer más sobre esta alternativa real es lo mejor que podría haber hecho para enriquecer mi vida y empezar a ordenar y poner las bases para lo quiero que sea mi vida futura.

De hecho, esto no ha hecho más que empezar a cambiar mi vida, y saber que lo que vendrá será mejor es lo que más me llena.

Pero no todo es color de rosa… este viaje a Ecuador ha sido, al tiempo, una de las cosas que le ha hecho más daño a mi estancia en Perú…

Pero esto ya lo explicaré en otro momento… ;)

2 comentarios »

  1. Siro dijo,

    Lunes, 7 de Abril, 2008 a las 18:16

    T’has quedao agutto? Madre, la biblia en verso!! :D

    Huir… algo que sabes muy bien que yo también he hecho, y que ahora que empiezo a mirar a los problemas de cara, resulta que o soy demasiado sincero, o “tú no eres así” o “él no tiene la culpa”, así que en mi caso no sé si será mejor seguir huyendo…hay que joderse…

    Respecto a tyu suerte en esta aventura… chico, me alegro de que todo, poco a poco, tenga color esperanza, por suerte has sabido “mirar al futuro con el corazón”. Creo

  2. infern dijo,

    Lunes, 7 de Abril, 2008 a las 18:19

    vaya, creo que se ha enviado antes de hora…

    como decía… creo que fue sandra la que me dijo algo así como que en esta vida todo tiene un motivo, un sentido, así pues, parece que, de alguna manera, tu estancia allí, y de alguna manera, lo que venga después de todo esto, empieza a tener sentido, por eso, enhorabuena por la entereza y el “savoir faire” más un poco de saber esperar, porque como ves, todo da sus frutos.

    Un abrazo y mucha suerte

RSS de los comentarios · TrackBack

Deja un comentario

*
Para comprobar que eres una persona (no spam automático, escribe la palabra de seguridad que veas en la imagen.
Anti-Spam Image